Revista Digital CSLC

El León Perspicaz

La batalla por la memoria: Bello, Lastarria y las palabras con las que pensamos el futuro

Un pasillo escolar es, en el fondo, un laboratorio de ideas en miniatura. En sus esquinas se discute sobre la utilidad de aprender reglas gramaticales, mientras al mismo tiempo se gestan pequeñas rebeliones estéticas e intelectuales contra la rutina. A menudo creemos que estas tensiones entre el rigor y la pasión, entre la tradición que resguarda y la novedad que encandila, son invenciones exclusivas de nuestra juventud. Sin embargo, basta con desempolvar las actas del siglo XIX para descubrir que la América Latina independiente se construyó exactamente sobre esa misma encrucijada.

En 1844, la recién inaugurada Universidad de Chile se convirtió en el escenario de uno de los debates intelectuales más deslumbrantes de nuestro continente, el enfrentamiento entre el sabio venezolano Andrés Bello y su brillante e impetuoso discípulo chileno, José Victorino Lastarria. No se trataba de una disputa superficial sobre fechas o tecnicismos literarios. Lo que estaba en juego en las aulas de Santiago era nada menos que la arquitectura mental de las nuevas repúblicas: ¿cómo debíamos contar nuestro pasado para edificar el futuro? ¿Debíamos romper tajantemente con la herencia hispánica o debíamos apropiarnos de sus herramientas para construir un orden duradero?

La chispa que incendió la polémica fue la memoria leída por Lastarria en la Universidad de Chile, titulada Investigaciones sobre la influencia social de la conquista y del sistema colonial de los españoles en Chile.

Para comprender el choque, hace falta mirar a los protagonistas. Por un lado, estaba Andrés Bello, la encarnación del humanismo ilustrado. Un hombre formado en la tradición clásica, curtido en las bibliotecas de Londres y dotado de una serenidad metódica. Para Bello, la libertad no se conquistaba con proclamas inflamadas ni con adjetivos altisonantes, sino con instituciones sólidas, leyes claras y una lengua común bien estructurada. Para el sabio caraqueño, la gramática y el método histórico eran las verdaderas fortalezas defensivas de la soberanía americana.

Del otro lado se alzaba José Victorino Lastarria, un joven de veintisiete años, figura central de la célebre Sociedad Literaria de 1842 y portavoz del romanticismo liberal. Lastarria miraba el mapa de América con el fuego de la transformación en las venas. Para su generación, el pasado colonial no era una etapa que comprender, sino una sombra que borrar. El dominio español había sido, a sus ojos, un periodo de obscurantismo, absolutismo y atraso que amenazaba con contaminar el experimento republicano si no se repudiaba de forma categórica.

La chispa que incendió la polémica fue la memoria leída por Lastarria en la Universidad de Chile, titulada Investigaciones sobre la influencia social de la conquista y del sistema colonial de los españoles en Chile. En ese escrito, el joven autor proponía una «historia filosófica», un relato que no se detuviera en la simple acumulación de hechos, sino que juzgara moralmente al régimen español para extraer lecciones políticas al servicio de la libertad. Lastarria transformaba el tribunal de la historia en un juicio de residencia contra la herencia colonial.

La respuesta de Bello no tardó en llegar, y en ella radicó la agudeza del debate. Él no defendió la tiranía imperial ni desacreditó los anhelos emancipadores de su estudiante. Lo que Bello cuestionó fue el método. En sus célebres artículos sobre la historiografía, sostuvo que la «historia filosófica» corría el peligro de convertirse en mera ideología si prescindía del estudio riguroso, paciente y objetivo de los documentos. Para Bello, un historiador que acude al pasado con el fallo pronunciado de antemano deforma la verdad. «Inquiéranse los hechos», insistía el maestro, la reconstrucción fiel de los acontecimientos debía preceder a cualquier juicio filosófico. Si la filosofía no se apoyaba en datos verificables, terminaba siendo una construcción fantasiosa.

La controversia pronto se trasladó al terreno del lenguaje y la literatura. Lastarria y los jóvenes románticos abogaban por una «emancipación literaria». Argumentaban que, habiéndonos independizado políticamente de España, resultaba incoherente seguir sometidos a las normas académicas de Madrid. Exigían una literatura propia, apasionada, libre de corsés gramaticales, representativa del paisaje y el alma americana.

aprender a pensar sin renunciar a las herramientas que hacen posible el entendimiento.

Bello, autor de la monumental Gramática de la lengua castellana, respondió con una lucidez maravillosa. Lejos de ser un conservador rígido, comprendía que la lengua era un organismo vivo en constante transformación. Sin embargo, advertía un peligro devastador, si cada país americano rompía las normas del idioma para afianzar un patriotismo local, en pocas décadas la América hispana se fragmentaría en una torre de Babel de dialectos incomunicados. Para Bello, el idioma no pertenecía al monarca español, sino a los pueblos que lo hablaban. Conservar la unidad lingüística mediante el rigor de la gramática era la única forma de garantizar el comercio intelectual, el debate público y la integración política del continente. La norma no aprisionaba la libertad; la hacía posible.

Visto desde la distancia de casi dos siglos, es fácil caer en la tentación de elegir un bando. La épica juvenil nos tienta a identificarnos con el radicalismo de Lastarria, con su deseo urgente de derribar las sombras del pasado y construir una sociedad plenamente moderna. Por otro lado, la madurez analítica nos empuja hacia la sabiduría de Bello, hacia su convicción de que las revoluciones duraderas se sostienen sobre la paciencia, el método y las reglas compartidas.

Sin embargo, el verdadero valor de este debate no reside en declarar un ganador, sino en reconocer la fecundidad de la tensión entre ambos. La historia de América Latina se ha nutrido tanto del impulso transformador de quienes no se resignan a la inercia como de la paciencia institucional de quienes comprenden que, sin estructura, la pasión se disipa en el caos.

Cuando trasladamos este choque de ideas a nuestras propias aulas, la lección adquiere una vigencia sorprendente. En el periódico de nuestro colegio, en las discusiones del centro de estudiantes o en el esfuerzo diario por redactar un ensayo, volvemos a habitar el dilema entre Bello y Lastarria. Necesitamos el entusiasmo de Lastarria para cuestionar lo establecido, indignarnos ante lo injusto y concebir proyectos audaces. Pero necesitamos imperiosamente la disciplina de Bello para investigar con rigor antes de opinar, cuidar las palabras con las que nos expresamos y construir propuestas que sobrevivan al arrebato del momento.

La libertad verdadera no nace del desprecio por la norma, ni la tradición tiene por qué ser un calabozo inamovible. Bello y Lastarria, el maestro y el alumno, nos dejaron como herencia la certeza de que el pensamiento crítico florece precisamente en el punto donde la pasión política y la rigurosidad intelectual se niegan a destruirse mutuamente. En los pasillos de nuestro colegio, al igual que en las aulas de 1844, la tarea sigue siendo la misma: aprender a pensar sin renunciar a las herramientas que hacen posible el entendimiento.

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