El 17 de octubre de 1957, el teléfono sonó en la casa de un hombre que, a pesar de la fama, siempre se sintió un extranjero en su propia vida. Albert Camus, el hijo de una mujer analfabeta y un padre devorado por la Primera Guerra Mundial, acababa de ser galardonado con el Premio Nobel de Literatura. Tenía 44 años. Era, en ese momento, el segundo premiado más joven de la historia. La noticia no lo llenó de euforia. Al contrario, lo sumió en una especie de pavor metafísico. Camus sabía que el Nobel era una corona de laureles que a menudo se convertía en una losa de mármol. «Me siento como si estuviera ante una pared», le confesó a un amigo. Sin embargo, en medio del estruendo mundial, del asedio de los fotógrafos y de las polémicas políticas con los existencialistas de la Rive Gauche, el pensamiento de Camus no voló hacia el futuro de su carrera, sino hacia atrás. Cruzó el Mediterráneo, atravesó las décadas y aterrizó en un salón de clases de un barrio pobre de Argel.
Pocos días después del anuncio, Camus tomó papel y pluma para escribir una de las cartas más conmovedoras de la historia intelectual del siglo XX. El destinatario no era un académico de Estocolmo, ni un editor parisino. Era Louis Germain, su maestro de escuela primaria.
Para entender la carta, hay que entender el abismo que Germain ayudó a cruzar. Camus nació en la miseria más absoluta de la Argelia colonial. Su padre murió en la batalla del Marne cuando Albert era un bebé. Creció en una casa sin libros, sin radio, rodeado de un silencio que solo rompía el autoritarismo de una abuela severa y la mirada ausente de su madre, Catherine Sintès, quien apenas hablaba debido a una sordera parcial y a una fatiga crónica por el trabajo doméstico.
En ese ecosistema de carencias, Louis Germain no fue solo un profesor; fue un conspirador contra el destino. En una época en la que los hijos de los pobres estaban destinados a abandonar la escuela para trabajar, Germain vio en el pequeño Albert una chispa que la pobreza no debía extinguir. Se enfrentó a la familia de Camus, los convenció de que el niño debía postularse a una beca para el liceo y le dio clases particulares gratuitas para que pudiera competir con los hijos de la burguesía argelina.
Camus escribió:
“Querido señor Germain:
He dejado que se apague un poco el ruido que me ha rodeado todos estos días antes de hablarle de todo corazón. Me han dado un honor demasiado grande, que no he buscado ni solicitado. Pero cuando supe la noticia, mi primer pensamiento, después de mi madre, fue para usted. Sin usted, sin la mano afectuosa que tendió al niño pobre que era yo, sin su enseñanza y su ejemplo, no hubiese sucedido nada de esto”.
Lo que hace que este texto sea tan especial es la reflexión sobre la ética del reconocimiento. Camus no usa el Nobel para validarse a sí mismo; lo usa para validar la labor de quien lo formó. En un mundo que hoy premia el individualismo como si el éxito fuera una generación espontánea, Camus nos recuerda que nadie se hace a sí mismo. Somos el resultado de las manos que nos sostuvieron cuando no sabíamos caminar.
La carta continúa con una sencillez que desarma:
“No doy demasiado valor a esta clase de honores. Pero este es, por lo menos, una ocasión para decirle lo que usted ha sido y sigue siendo para mí, y para asegurarle que sus esfuerzos, su trabajo y el corazón generoso que puso en ello continúan siempre vivos en uno de sus pequeños escolares que, pese a los años, no ha dejado de ser su alumno agradecido”.
Hay una elegancia moral en estas líneas. Camus, el autor de El extranjero y La peste, el hombre que había diseccionado el absurdo de la condición humana, reconoce que el sentido de la vida no se encuentra en las grandes abstracciones, sino en los vínculos de gratitud. El Nobel es el ruido; la carta es la verdad.
Camus nos recuerda que nadie se hace a sí mismo. Somos el resultado de las manos que nos sostuvieron cuando no sabíamos caminar.
La respuesta de Germain, que se conserva con igual celo, es el complemento perfecto de este diálogo. El maestro, ya anciano, le escribe a su antiguo alumno tratándolo de «tú», con la ternura de quien ha visto crecer a un gigante. Germain no se atribuye el éxito. Al contrario, describe el placer de haber sido testigo de la inteligencia de aquel niño.
Esta correspondencia nos obliga a pensar en la educación como un ejercicio de libertad. Louis Germain no le enseñó a Camus qué pensar, sino que le dio las herramientas para que pudiera pensar por sí mismo en un mundo que intentaba condenarlo al silencio. La labor de Germain fue un acto de resistencia contra el determinismo social.
La obra de Camus está atravesada por la noción del «absurdo»: la confrontación entre el deseo humano de sentido y el silencio indiferente del universo. Sin embargo, su vida y sus gestos (como esta carta) demuestran que el absurdo no es una invitación al nihilismo, sino a la solidaridad.
Si el mundo no tiene un sentido intrínseco, entonces somos nosotros quienes debemos crearlo a través de la justicia, el arte y, sobre todo, la educación. La gratitud de Camus hacia Germain es un acto de rebeldía contra el absurdo. Es decir: «Usted me dio una voz en un mundo sordo».
Hoy, cuando revisitamos esta historia, no solo celebramos al Nobel. Celebramos al maestro que, en un aula polvorienta de Argel, decidió que la pobreza no sería el punto final de la historia de un niño. Albert Camus murió en un accidente automovilístico apenas tres años después de recibir el premio. En su bolsillo encontraron el manuscrito inacabado de El primer hombre, su novela más autobiográfica, dedicada precisamente a su madre y, de forma implícita, a esa infancia recuperada. En esas páginas, el personaje de Louis Germain aparece bajo el nombre de Bernard, el maestro que «traía el mundo a la clase».
Al final, la literatura de Camus no fue más que un largo camino de regreso a casa. Y en esa casa, en la mesa de entrada, siempre estuvo la carta a su maestro.




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