Por: Alejandro Marquis
La cantidad de chamos alumnos de Claudio en el velorio es impresionante (…) la mitad vinieron por el hijo (Marcelo) y la otra mitad por ser alumnos de él. ‘Las clases de Claudio nunca se olvidan… lo mejor es cuando se ponía a filosofar’ decían algunos.
Soy Alejandro Marquis, primo, hermano y compadre del Profe Claudio, Claudio Aquiles Guzmán Marquis, y en este momento tan triste y oscuro para nosotros en la familia y para mí en lo personal, quiero contarles de un Claudio que quizás no conocieron pero que muchos podrán imaginarse. La cita al comienzo del texto me la envió un amigo, a quien por cierto conocí gracias a Claudio, y quien tuvo la bendición que no tuvimos quienes estamos fuera de Venezuela de estar ayer en el velatorio en Caracas.
Claudio siempre fue amante de los deportes y había nacido con todas las condiciones físicas para ello. Antes de que los “cuadritos” en la panza estuvieran de moda, ya Claudio los tenía a los 7 años en 1972. Eso y unos prominentes bíceps infantiles que lucía en cada oportunidad disponible. Desde los 5 años comenzó a jugar en los Criollitos de Venezuela y la verdad es que tenía muchísimo talento para el Béisbol y sobre todo pasión. Perder un juego era el fin del mundo. Cuando íbamos de paseo a Margarita, mientras todos estábamos tumbados en la arena o haciendo cosas que hacen los niños normales en la playa, Claudio estaba entrenándose, haciendo “sprints” por la playa a lo “Rocky Balboa”. Antes de que Cristiano Ronaldo ni siquiera hubiera nacido, ya existía Ateo Guzmán, obsesionado por entrenarse día a día para ser cada vez mejor. Siendo un adolescente tuvo la oportunidad de viajar dos años seguidos a un Campamento de Béisbol en Lakeville, Massachussets patrocinado por Ted Williams, el legendario jugador de los Medias Rojas de Boston y miembro del salón de la fama de las Grandes Ligas. Claudio regresó las dos veces con la maleta llena de premios: MVP, Más robos de base, Más hits, Mejor slugger. En una de esas vueltas a la patria contaba orgulloso que llevaron al campamento a un pitcher de una categoría superior que lanzaba una candente recta de 95 MPH. Claudio fue el único que pudo llegar a primera base, gracias a la única viveza que se permitía en su vida, la de la Pelota Caribe: tocó la bola por la línea de tercera y “se la dejó ahí”. No había nada que hacer. La relación de Claudio con el béisbol fue un amor eterno e incondicional.
También fue un alumno excepcional en el Colegio Santiago de León de Caracas (CSLC). En todo el bachillerato solo presentó examen final de una materia. Todas las demás las eximió. Y si se imaginan al Profe como un nerd con lentes de pasta que no salía de la biblioteca, lamento decirles que están equivocados. Claudio fue sin duda el más popular y el más querido de su generación. Mejor conocido como “El Cousin”, tenía una ascendencia arrolladora sobre otros alumnos dentro y fuera de su clase. Ahí en el CSLC comenzó el ahora legendario grupo Quinoa, donde Claudio se sumó como percusionista. Es a través de la música donde él y yo nos unimos más que nunca. Al ser Claudio tan buen deportista y yo, tan malo, no encontrábamos tantos puntos de conexión más allá de ser primos que se criaron como hermanos. Pero cuando Claudio me llevó a tocar en Quinoa como Timbalero, entonces nos hicimos inseparables. Con el tiempo Quinoa entró en una pausa y nosotros seguimos con la música. Yo pasé al piano y le propuse a Claudio que comenzara a tocar bajo. Compramos un pequeño bajo Dixon de 8.000 bolívares entre los dos y fuimos aprendiendo, cada uno lo suyo. Participamos en un sinfín de “ventetús” y llegamos a tener tres orquestas de Salsa juntos (“Son del Este”, “Ritmo 7 y 8” y la “Orquesta Salsoul”) y un grupo de son (“Son desempleados”), este último surgido a partir del paro petrolero de 2002, así que el nombre era bastante ilustrativo de la situación laboral de los que integrábamos el grupo. El béisbol finalmente encontró su punto de conexión entre nosotros, no en el terreno, sino desde las tribunas del estadio universitario, aupando a los Tiburones de la Guaira. También nos sacamos juntos el Certificado de locución en la U.C.V. y unimos todo esto en un proyecto de programa radial del que grabamos un piloto que llevamos a Fiesta 106.5 FM, y que nunca vio la luz, llamado “Salsa pa’ la calle” donde, como se pueden imaginar, hablábamos de Béisbol y de Salsa. En otra ocasión escribimos algunos guiones de humor que hicimos llegar el jefe de escritores de Radio Rochela. Tampoco tuvimos suerte.
Si miro hacia atrás y pienso en los trabajos que desempeñó Claudio luego de graduarse de Ingeniería Eléctrica en la USB, me doy cuenta ahora de que nunca estuvo en el lugar correcto. Creo que la vida lo estaba llevando sin darse cuenta a su paraíso en la Tierra. Cuando comenzó a trabajar como profesor en el CSLC, finalmente pude ver a Claudio feliz con lo que hacía. Su vida profesional había encontrado un propósito y una pasión, y así como corría por la playa como un demente con 11 años, así también se obsesionó por transmitir a sus alumnos los mejores valores que atesoraba en su lúcida mente y en su ahora descubierto traicionero corazón. Claudio fue (es) tan serio, que rompió su relación con nuestros antes amados Tiburones de La Guaira por eventos que todos vimos por televisión, ocurridos en las tribunas entre familiares de algunos peloteros y asistentes al estadio; y también por el talante y la deficiencia moral de la nueva Junta Directiva del equipo. “Me voy a cambiar a Bravos compay, así cuando cumpla mi meta de retirarme y me vaya a vivir a Margarita, ya tendré algunos años conectado con el equipo”, me dijo hace unos meses por teléfono.
Claudio fue para mí un hermano apenas mayor, con el que pude contar siempre. Un hermano que nunca me dijo que no y que me acompañó sin el menor atisbo de duda en todos los proyectos que le propuse. Ahora entiendo que conmigo ensayó su rol de padre generoso y protector, que luego puso en práctica con mi ahijado Marcelo y que posteriormente multiplicó con todos sus alumnos del Santiago.
El mejor tributo que le pueden rendir quienes hayan pasado por sus clases es ser portadores y difusores de lo que Claudio les enseñó, no solo de Física, sino de la vida, y vivir bajo esos principios. Solo con ese pequeñísimo gesto, Claudio sonreirá satisfecho desde donde sea que esté ahora.
Te vamos a extrañar mi querido Compay. Hasta que nos volvamos a encontrar.
Madrid, diciembre 2025




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