Revista Digital CSLC

El León Perspicaz

Petróleo y cultura: El legado de los Cuadernos Lagoven

Por: Luis Fernando Castillo Herrera

 

 

 

 

Para comprender la magnitud de lo que significó la aventura intelectual de los Cuadernos Lagoven, es necesario situarnos en las coordenadas emocionales e históricas de una Venezuela que, a finales de la década de los setenta, se percibía a sí misma como una promesa a punto de cumplirse. El año 1976 marcó un punto de inflexión en nuestra historia republicana: el Estado venezolano, bajo la presidencia de Carlos Andrés Pérez, asumió el control absoluto de su subsuelo mediante la Ley que reserva al Estado la Industria y el Comercio de los Hidrocarburos. Era la nacionalización del petróleo.

De este acto de soberanía, que estuvo cargado de un optimismo desbordante, nació Petróleos de Venezuela (PDVSA) y su constelación de empresas filiales: Lagoven, Maraven y Corpoven. Estas corporaciones no nacieron desde cero, sino que heredaron el andamiaje operativo, tecnológico y corporativo de las concesionarias trasnacionales (en el caso de Lagoven, su matriz originaria fue la poderosa Creole Petroleum Corporation). Sin embargo, con la nacionalización, ocurrió un fenómeno fascinante en la psique del Estado, el petróleo debía dejar de ser únicamente un oscuro fluido de exportación para convertirse en el gran motor del desarrollo humano.

En este contexto, la industria petrolera nacionalizada asumió un rol inédito y colosal. No solo se encargó de financiar la infraestructura pesada, las represas, las autopistas y el tendido eléctrico del país, sino que se erigió como el más formidable «mecenas» de la cultura nacional. Hubo un consenso tácito, una suerte de rentismo ilustrado, que dictaminaba que la riqueza del subsuelo debía transformarse en riqueza del intelecto. Las empresas petroleras se convirtieron en patrocinantes de museos, orquestas sinfónicas, festivales de teatro y, de manera muy particular, de la literatura y la investigación académica. En medio de esa efervescencia donde sobraban los recursos y abundaba la esperanza, se sembró la semilla de uno de los proyectos editoriales más perdurables de nuestra modernidad.

Lagoven, la filial de mayor tamaño y peso específico dentro del holding estatal, poseía una Gerencia de Relaciones Públicas y Asuntos Culturales que entendió rápidamente que su misión iba mucho más allá de redactar boletines de prensa o mejorar la imagen corporativa de la empresa. Quienes lideraron aquellos departamentos comprendieron que la mejor manera de legitimar la industria ante la sociedad era devolviéndole al país un espejo donde pudiera mirar su propia grandeza, su diversidad y su complejidad.

Así nacieron los Cuadernos Lagoven. El propósito fundacional era tan noble como ambicioso: democratizar el conocimiento sobre Venezuela para los propios venezolanos. Hasta ese momento, gran parte de la investigación académica, histórica y antropológica sobre el país se quedaba confinada en los recintos universitarios, en tesis doctorales o en publicaciones que solo circulaban entre eruditos. Lagoven decidió tender un puente entre la alta academia y el ciudadano común.

La iniciativa se propuso construir una enciclopedia fragmentada de la venezolanidad. No se trataba de hacer propaganda estatal ni de exaltar la labor petrolera (de hecho, la aparición de la industria en los textos era tangencial o inexistente, salvo cuando el tema lo ameritaba). El objetivo central era la pedagogía nacional. Era el intento sistemático de una corporación moderna por explicar un país diverso y a menudo incomprensible a sus propios habitantes, utilizando la herramienta más civilizatoria que existe: el libro.

Lagoven contrató a los mejores fotógrafos y diseñadores gráficos del país. Abrir un Cuaderno Lagoven era exponerse a un despliegue visual de paisajes saturados, retratos profundamente expresivos, reproducciones de obras de arte impecables y diagramaciones que respetaban los blancos, dando respiro a la lectura. La tipografía era elegante y clásica, elegida para no cansar la vista.

Si hoy pasamos revista al índice histórico de las publicaciones de los Cuadernos Lagoven, nos encontraremos con un catálogo asombroso que abarca la totalidad del paisaje físico y espiritual de la nación. La gerencia editorial de Lagoven tuvo el acierto superlativo de convocar a las mentes más brillantes, a los investigadores más acuciosos y a los prosistas más elegantes del país para que tradujeran sus conocimientos a un lenguaje accesible, ameno, pero profundamente riguroso.

En sus páginas se paseaba la geografía más remota, podíamos leer desde  la fragilidad ecosistémica de los tepuyes guayaneses hasta la dinámica de los palafitos en la cuenca del Lago de Maracaibo. La antropología tuvo un lugar de honor, documentando con respeto y agudeza la vida, los mitos y la cosmovisión de los waraos, los yanomamis, los pemones y los wayuu, sacándolos del exotismo y otorgándoles su justa dimensión humana.

La historia y la literatura encontraron allí un vehículo de exégesis sin precedentes. A través de estos cuadernos, el venezolano de a pie pudo adentrarse en la arquitectura colonial de Coro, en la evolución del arte cinético venezolano (que por entonces deslumbraba al mundo), en la biografía de nuestros próceres civiles, en la riqueza de la flora andina o en las crónicas de Indias. Autores de la talla de Arturo Uslar Pietri, Isaac J. Pardo, Mariano Picón Salas (en reediciones cuidadosas), biólogos, historiadores y críticos de arte, encontraron en Lagoven una plataforma que no les exigía rebajar su nivel intelectual, sino afinar su capacidad de divulgación. Eran textos que, sin perder una onza de peso académico, se leían con el placer de una novela.

Pero el impacto de los Cuadernos Lagoven no puede explicarse únicamente a través de sus textos. Parte fundamental de su magia y de su permanencia en el imaginario colectivo reside en su inconfundible estética. En una época en la que las publicaciones institucionales solían ser excesivamente sobrias, los Cuadernos irrumpieron con una propuesta gráfica revolucionaria. El diseño y el formato físico fueron pensados con un cuidado de orfebre. Su tamaño, ligeramente cuadrado, resultaba infinitamente práctico, el papel utilizado era un couché de altísima calidad, suave al tacto, que permitía algo que para los años ochenta era un lujo: la impresión de fotografías a todo color con una nitidez extraordinaria.

Lagoven contrató a los mejores fotógrafos y diseñadores gráficos del país. Abrir un Cuaderno Lagoven era exponerse a un despliegue visual de paisajes saturados, retratos profundamente expresivos, reproducciones de obras de arte impecables y diagramaciones que respetaban los blancos, dando respiro a la lectura. La tipografía era elegante y clásica, elegida para no cansar la vista. El objeto en sí mismo comunicaba un mensaje poderoso: el conocimiento sobre Venezuela merece ser presentado con dignidad, con belleza, con estándares de clase mundial. Era el país viéndose a sí mismo, quizá por primera vez a nivel masivo, en alta resolución.

El éxito de los Cuadernos Lagoven radicó también en su agresiva y silenciosa red de distribución. No eran libros diseñados para enriquecer a la corporación mediante su venta; eran obsequios institucionales, donaciones corporativas que inundaron positivamente el país. Llegaron a las bibliotecas de las universidades más prestigiosas, pero también a los estantes de las escuelas rurales más apartadas.

Para la clase media venezolana de los años ochenta y noventa, tener una colección de los Cuadernos Lagoven en la sala de la casa se convirtió en un símbolo de estatus cultural. Fueron el internet antes del internet. Generaciones enteras de estudiantes de bachillerato recurrieron a ellos para hacer sus trabajos sobre los Diablos Danzantes de Yare, la Batalla de Carabobo o la fauna en peligro de extinción.

Eran la fuente primaria y confiable en tiempos donde la investigación requería el esfuerzo físico de la lectura sosegada. Los Cuadernos formaron a una generación de ciudadanos que aprendieron a amar al país a través del entendimiento, alejándose del chovinismo ciego y acercándose al aprecio intelectual de sus raíces. Cumplieron con creces la misión de construir ciudadanía desde la tinta y el papel.

Como todos los grandes proyectos institucionales en naciones marcadas por la volatilidad política, los Cuadernos Lagoven tuvieron su epílogo. A finales de la década de 1990, y consolidándose en los primeros años de los 2000, los cambios estructurales en el país y en la propia industria petrolera modificaron las prioridades. La integración de las filiales en una sola PDVSA unificada borró la identidad corporativa de Lagoven, Maraven y Corpoven (que también tenían sus propias y valiosísimas líneas editoriales). Las nuevas dinámicas políticas, económicas y la posterior crisis de la industria desmantelaron aquel robusto aparato de mecenazgo cultural. La época de oro de la edición institucional estatal llegó a su fin, cediendo el paso a otro tipo de discursos y urgencias.

Hoy, encontrarse con un Cuaderno Lagoven en los pasillos de las librerías, en los remates de libros usados bajo el puente de las Fuerzas Armadas en Caracas, o en los cajones polvorientos de una casa familiar, es un ejercicio de profunda melancolía. Rescatar uno de estos ejemplares es como sostener en las manos un fósil perfecto de una civilización que apostó por la modernidad.

Estos libros son testimonios irrefutables de que en Venezuela existió una voluntad de excelencia. Representan una época en la que el Estado y la corporación entendieron que el país era mucho más ancho y mucho más hondo que un pozo petrolero. Los Cuadernos Lagoven nos recuerdan, con la elocuencia de sus páginas impecables, que alguna vez tuvimos la osadía de mirarnos al espejo y reconocernos como una nación vasta, compleja, pensante y, sobre todo, profundamente hermosa.

 

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