Revista Digital CSLC

El León Perspicaz

Rafael Vegas: la arquitectura moral para la infancia venezolana

Por: Luis Fernando Castillo Herrera

 

 

En la accidentada cartografía de la historia venezolana del siglo XX, existen figuras cuya luz no proviene del estruendo de las batallas ni de la fugacidad de los cargos públicos, sino de la siembra silenciosa y profunda en el terreno más fértil y delicado de una nación: la mente de sus jóvenes. Rafael Vegas Sánchez (1900-1973) es, quizás, una de las figuras más lúcidos de la modernidad venezolana, principalmente por su empeño en diseñar la estructura ética y ciudadana de las nuevas generaciones.

Vegas pertenece a esa generación bisagra, la célebre Generación del 28, que entendió que la superación del gomecismo no pasaba únicamente por un cambio de mando, sino por una transformación de la mentalidad. Médico psiquiatra de formación y educador por vocación ineludible, Vegas personificó una síntesis poco común en nuestro devenir histórico: la del hombre de ciencia que comprende que el diagnóstico clínico es insuficiente si no va acompañado de una pedagogía social.

Para entender su labor con la infancia, hay que situarlo primero en su contexto. La Venezuela de la postguerra, aquella que despertaba al vértigo de la renta petrolera, necesitaba desesperadamente modernizar sus instituciones. Cuando el presidente Isaías Medina Angarita lo convoca para ocupar la cartera de educación en 1943, Vegas no asume un cargo burocrático; asume una misión ciudadana.

Su paso por el ministerio fue breve pero tectónico. Fue allí donde comenzó a perfilar la idea de que la educación venezolana no podía seguir siendo un mero transmisor de datos enciclopédicos, un modelo heredado del siglo XIX desconectado de la realidad vital del estudiante. Vegas intuyó que el niño venezolano no era un recipiente vacío a ser llenado, sino un sujeto complejo, con un entorno psíquico y social que debía ser atendido para que el aprendizaje fuera genuino.

Sin embargo, la verdadera dimensión de su legado para la infancia trascendió las oficinas gubernamentales. Tras la ruptura democrática de 1948, Vegas, lejos de retirarse, volcó toda su experiencia en un proyecto que se convertiría en su obra maestra: la fundación del Colegio Santiago de León de Caracas.

Este colegio no fue concebido simplemente como una institución privada de élite. En la mente de Vegas, era un laboratorio de ciudadanía, una «república en miniatura». Allí, el psiquiatra aplicó lo que el político había vislumbrado. Su modelo pedagógico, profundamente influenciado por las corrientes de la Escuela Nueva y el humanismo integral, ponía el énfasis en la formación del carácter por encima de la mera instrucción académica.

Para Vegas, el niño no era un «futuro ciudadano», sino un ciudadano en tiempo presente, con derechos y deberes acordes a su desarrollo.

La visión de Vegas sobre la infancia era revolucionaria para su época. Entendía que la salud mental y la salud cívica eran indisolubles. Un niño reprimido, educado bajo el miedo o la simple memorización, difícilmente se convertiría en el ciudadano crítico y responsable que la democracia requería. Por ello, promovió una educación basada en la libertad con responsabilidad, en el autogobierno estudiantil y en el fomento de las humanidades como contrapeso necesario al auge tecnocrático.

Para Vegas, el niño no era un «futuro ciudadano», sino un ciudadano en tiempo presente, con derechos y deberes acordes a su desarrollo. Su preocupación abarcaba la totalidad del ser: el intelecto, la psique y la moral. Instauró servicios de orientación psicológica en el ámbito escolar y defendió la idea de que el maestro debía ser, ante todo, un guía ético.

Hoy, al revisar su trayectoria, la figura de Rafael Vegas Sánchez se agiganta. Nos recuerda que la verdadera crisis de una nación comienza cuando se descuida la formación integral de su infancia. Su legado no es solo una institución educativa que aún perdura, sino una filosofía vital: la certeza de que Venezuela solo sería viable en la medida en que sus niños fueran educados no para obedecer, sino para pensar, sentir y construir en libertad. En tiempos de incertidumbre, volver a la mirada lúcida y comprometida de Vegas es un ejercicio urgente de recuperación de nuestra mejor memoria cívica.

 

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